El frente frío avanza sobre la Habana apenas oscurece. Las nubes, preñadas, van descargándose a intervalos con mayor o menor intensidad, reduciendo la visibilidad de los conductores que se dirigen a sus hogares tras una “intensa” jornada laboral. Muchos van haciendo planes para el inminente fin de semana.
El pequeño Daihatsu rojo, apodado cariñosamente Mirringuita, rompe su record de velocidad máxima (51 km/h) mientras en su interior la conversación se mueve entre tecnologías, periodismo y el ocasional chisme de oficina (hay que recordar que transporta tres cubanos). Todo augura una noche de merecido descanso.
A la altura de la Villa Panamericana el pavimento se muestra mojado. Un P-8 (ómnibus articulado) acaba de detenerse en la parada, y su carga humana se apresta a atravesar la Vía Blanca. Tal vez la pertinaz llovizna impulsa al hombre del pull-over azul (¿Industrialista?) a olvidar toda precaución y lanzarse sin mirar a cruzar la autopista.
Mirringuita lo ilumina un instante. Por su lentitud característica no representa peligro para el imprudente, pero…el estridente chirrido de gomas a nuestra espaldas (soy pasajero del Mirri) nos alerta de la posible catastrofe. Viramos nuestras cabezas, y para nuestro horror, vemos avanzar una mole oscura, a increíble velocidad sobre nosotros.
El conductor del Willys verde, al ver al hombre sobre el asfalto, ha frenado bruscamente y perdido el control sobre el vehiculo.
El clásico “entre la espada y la pared” se nos reduce a “entre el Willys y el P-8”. Delante del ómnibus, la multitud desprevenida ya abandono la seguridad de la acera. Las opciones para Osvaldo son ínfimas. Haciendo alarde de nervios de acero ni frena, ni hace movimientos bruscos del timón que nos conducirían a una muerte segura.
El Willys, desbocado, ya a apenas escasos centímetros de impactarnos, hace un giro violento hacia el lado opuesto. El chofer, en un gesto altruista, arriesga todo para no chocarnos. Al golpear el separador, las leyes físicas se imponen, el vehiculo escapa la gravedad y vuela sobre sus ejes. Da tres vueltas y media sobre sí, golpeando el techo contra el pavimento cada vez, y queda, para sorpresa de todos, de pie.
Mirringuita se detiene. Osvaldo y yo nos lanzamos a tratar de socorrer (o “a dar la absolución” pienso con tristeza”) a los tripulantes del desafortunado taxi particular. Decenas de personas han corrido desde la parada para ayudar. Poco a poco sacamos los heridos. No podemos menos que asombrarnos. “Nacieron” se escucha entre la multitud. De los seis, solo el chofer chorrea sangre de múltiples heridas, al parecer cortaduras provocadas por los cristales que volaron. Rápidamente, todos se movilizan para detener carros, y transportar a los heridos al cercano “Hospital Naval”
Montamos a uno en Mirri, y hacemos el camino de vuelta por una oscura carretera auxiliar, paralela a la Via Blanca. El hombre solo alega un fuerte dolor de cabeza. “Le dije que fuese mas despacio por ahí” comenta sobre el chofer del Willys.
En la puerta del hospital, varios enfermeros aguardan la llegada de los heridos. No le permiten a nuestro hombre caminar. Amablemente lo acuestan en una camilla y lo conducen al interior. Un hombre nos pregunta si quedan otros accidentados. Negamos. “Yo traje tres” dice y parece apenado de no haber hecho más.
Nos aprestamos a continuar la marcha. Elaine teclea afanosa un SMS que llevara a través del éter, buscando consuelo. Osvaldo recuerda dos Bucaneros enterradas en las entrañas de su refrigerador que servirán para celebrar su recién ganado onomástico. Yo, sin cervezas ni celular, tecleo en mi mente este post.
si, coño mcará, me enteré de eso, no sabía que tenía amigos en el lugar y que estuvieron en peligro, muy bien narrado, y gracias por nacer otra vez, un abrazo hermano
jajajajaja gracias por la narración que fue cinematográfica y se ajustó a la estricta verdad de los ocurrido…
gracias a nombre del chofer por los calificativos… los nervios y el timón no “machean”.