Odisea bancaria


La blusa azul del uniforme abierta hasta casi el ombligo nos permite ver libremente unos senos preciosos. Un crucifijo de oro pende de una cadenita, y coloca peligrosamente al Redentor en una posición lujuriosa. El Jesús dorado parece a punto de dejar su calvario y abrazar aquellas maravillosas montañas.

Con dificultad le miro a la cara para exponerle los motivos que me llevan a interrumpir su chateo en Internet. Un amigo extranjero quiere abrir una cuenta en su banco. Apenas termino la oración cuando mueve la cabeza de lado a lado con fuerza:

“No. Aquí no se abren cuentas para turistas”

Respiro profundo. Ha sido un día difícil gracias a la hospitalidad característica de los cubanos que tienen relación directa con turistas: los taxistas que jamás encienden el taxímetro y te lanzan un número sin pestañar cuando le preguntas cuánto costó la carrera; la camarera de uno de los mejores hoteles de Cuba que sin inmutarse te dice que solo sirven desayunos hasta las 12 (son las 12.08), pero que “Sí, podemos hacerle una tortilla, y traerle pan y mantequilla, y mermelada y el capuchino”; y la inmutable marea azul (no son fanáticos de Industriales precisamente) que te miran caminar junto a tus amigos extranjeros como si fueras un asesino en serie.

Le explico con toda la calma que logro reunir a la Venus bancaria: “Mire, por favor, yo he ayudado a otros a abrirlas. ¿Seria usted tan amable de chequear con su superior?”
Con desgano desplaza sus “atributos” para agarrar el teléfono. Hace tres llamadas en rápida sucesión. Escucha atenta las respuestas y se vira hacia la pantalla de su ordenador personal, donde continúa su chat (el cual yo groseramente había interrumpido)

Diez minutos pasan. Pensaba que ella esperaba la confirmación de algún superior, pero su pregunta me dejó helado:
“Por fin, ¿abren la cuenta o no?”

Acopio paciencia. Tengo que deletrearle cada letra del nombre, mostrarle cuál es el número de pasaporte, etc, etc. Al fin, nos da el papel y nos envía hacia una cola enorme para el primer depósito. Miro a Cristo. Espero que solo tenga los sentidos de la vista y el tacto, pues si pudiera escucharla, ya hubiese huido.

Después de dos horas de espera, llegamos a la ventanilla. No nos espera ningún espectáculo visual agradable, pero si nuestro viejo amigo Jesús. Aparentemente, los salarios en los bancos son buenos. No así los cursos de modales. El abuso verbal llega hasta el punto que, al mi amigo virar la cara para escuchar mi traducción, ella golpea con fuerza el cristal para recabar su atención.

Salimos. Siento bochorno por la actuación de mis compatriotas. Pero tengo fe. Ya despedimos ministros por “mal desempeño en sus funciones”. Quizás pronto hagamos lo mismos con taxistas, camareros, cantineros, porteros, albañiles, guagueros. Quizás.

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3 Respuestas a “Odisea bancaria

  1. buen post hermano, buen gancho, esa es la cosa, nosotros penamos que a los turistas se les duplique la atencion para una buena propina, y en ocasiones no es asi, este es un ejemplo de ello, un abrazo y escribeme más, o lo que es lo mismo, trabaja menos

  2. es triste como algunos menoscaban la reputación del cubano! duele ver como muchachit@s como esta pueden ser tan mal educados y como cada día se vuelve moda el tratarnos como perros…

    suerte querido! suerte y que no pierdas la esperanza… la fe en los hombres…

  3. Yo me rei…pero sé que hay verdad!

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